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jueves, 26 de septiembre de 2013

I will always want you.

Los dos sabíamos que este momento llegaría, nos encontramos frente a frente sin nada que decir. Creo que es la primera vez desde que nos conocemos que realmente no sé qué decir, qué esperar o qué pensar.
Te sientas en la silla del escritorio y yo en la cama, guardamos las distancias. Comienzas a hablarme de cosas que no banales: algo de una nueva línea de tranvía (?) en Alicante, del buen tiempo y de tus intentos de sacarte el carnet.
No es lo que quiero oír y tampoco creo que sea lo que quieres contarme. Estamos aquí para cerrar un capítulo porque sino recuerdo mal, nuestra última despedida fue aún con un beso en los labios.
Hablamos tantas veces del final, lo buscamos tantísimo tiempo que cuando realmente llegó nos negamos a verlo. De todas formas, ¿qué esperábamos de una relación como la nuestra? ¿Realmente podía cumplirse ese "siempre a ti, solo a ti" si lo único que hacíamos era destrozar todo lo que éramos?
Mientras yo pienso todo esto tu sigues hablando, me hablas de tus amigos de siempre y de algunos que no me suenan. Te pido que te sientes a mi lado. Me siento incómoda jugando a lo que nunca hemos sido. Accedes y te sientas en la cama, tan lejos como el espacio te deja.
Has dejado de hablar y estamos así un rato, mirando a la nada. No sé quién ha empezado a llorar antes pero los dos tenemos los ojos desbordados. Mierda. Cae un muro.
- Mamá, ¡que te he dicho que no vuelvas a hablarme de él! Que NO quiero volver a saber nada. Yo necesito a una persona que esté a mi lado en todo momento, no que en el peor de todos coja y me suelte que no puede más. Y encima que lo haga por teléfono. Después de todo, con una puta llamada de teléfono.
- Pero Maika, todas las personas cometemos errores y no creo que él quisiera herirte.
- ¡Que te calles! Que no quiero saber nada más. Que hemos hablado esto mil veces durante el verano y que ya no me importa.
Vuelvo a la realidad, ahí estamos los dos después de no sé ni cuántos meses (seguramente si se lo preguntara a él sabría decírmelo con exactitud) tan cerca y tan lejos a la vez. Siento como la ira sube por mi garganta en forma de llanto. Respiro con dificultad. No puedo más.
Vuelvo a preguntarle como tantas veces antes:
- ¿Por qué?
- Maika, te lo he explicado mil veces. Yo solo te hacía daño, era lo mejor para ti. Yo no podía más y tú tampoco.
- ¿Lo mejor para mi? ¿Acaso alguien me preguntó? Lo mejor era dejarme en medio de una depresión, estando yo en Tudela y tú en Madrid con los exámenes finales a la vuelta de la esquina y teniendo todo el panorama que tenía en casa. Claro que sí, lo mejor. ¿Lo mejor para quién? Tú sólo dijiste que querías recuperar tu vida. Y ahora dime, ¿la has recuperado?
- Bueno, yo... He estado trabajando prácticamente todo el verano.
- ¡Vaya vida la que has recuperado!
- También he vuelto a quedar con mis amigos...
- Ya, ya he visto...
Mierda. Esto no tiene sentido. Abrázame y calla. No quiero discutir más.
Más silencio. ¡Joder! ¿Esto era lo que íbamos a hacer? Me rindo lo suficiente como para apoyar mi cabeza en su hombro. Me acaricia el pelo. Cae otro muro.

- La besé.
- ¡¿Que la besaste?!
- Sí, espera, lo siento. No significó nada.
Recojo mi ropa todo lo rápido que puedo. Me visto y salgo de su piso tan deprisa como puedo. Le oigo gritar algo a mi espalda, le oigo, no le escucho. Estoy tan enfadada y el corazón me late tan fuerte que no soy capaz ni de oírle. Salgo a la calle. Hace frío y tengo que correr si quiero que no me alcance. Corro. Corro tan deprisa como puedo. En mi carrera a punto estoy de tragarme a más de uno. No puedo pensar, las lágrimas a penas me dejan ver.
Llego a casa. Llaman al timbre. Los minutos siguientes son confusos. No sé qué pasó. Sólo me recuerdo llorando y llorando. Lloré durante horas. Ahí estaba, mi primer ataque de ansiedad. Temblaba, temblaba muchísimo y el mundo me daba vueltas. Me abrazaba a mi misma y me balanceaba mientras me oía soltar pequeños llantos. Él lloraba también, me hablaba pero no le escuchaba, me pedía calma pero era demasiado. Me abrazaba tratando de tranquilizarme. Recuerdo que pasamos prácticamente toda la tarde así.

Lloramos, en distinta cama, en distinta habitación pero lloramos por lo mismo. Por cómo dejamos pasar la vida. Por cómo dejamos pasar la oportunidad y el amor. Ese amor del que ya a penas quedan las cenizas, si es que queda algo. Pero por un momento es como si nada hubiera pasado y mi lugar siempre hubiera estado ahí, encima de tu hombro y con tus caricias en mi pelo.

Por sólo un momento se olvidan los malos momentos y solo se quedan los buenos. Te recuerdo haciendo playback delante del espejo, bailando y cantando a un peine. Yo mientras tanto trato de maquillarme lo que me resulta un tanto difícil teniendo que contener la risa en todo momento. Recuerdo también en las fotos que nos hicimos después o la noche en que conocí a tus padres. En cómo nos equivocamos de puerta de salida del metro y cómo me quería morir en esos momentos. Al final, no fue tan incómodo como pensé que sería, tú tenías mi mano bien agarrada debajo del mantel y me diste de comer de tu postre. Nunca pensé que harías eso delante de tus padres ni que me besaras con tanta naturalidad.
También recuerdo las primeras noches, el cómo cocinabas para mí en esa cocina en la que nunca más volveremos a estar. Siempre te veré quemándote con el horno o cantando la oreja de van gogh mientras friegas y yo te abrazo por detrás.

Vuelvo a mi habitación, ¿qué estarás pensando tú mientras yo pienso en todo esto? ¿Te sentirás incómodo y querrás irte de aquí? No lo sé. Pero para cuando me quiero dar cuenta ya te has ido.

Ya ni siquiera estoy en Madrid, han pasado más de quince días desde entonces y me encuentro con la necesidad de escribir esto sin saber muy bien el por qué. Creo que es porque en todo este tiempo no he tenido capacidad para ver las cosas con claridad o plantearme qué es lo que dejábamos atrás o en lo que nos equivocamos. Hoy soy consciente de que ninguno de los dos cumplirá las promesas que alguna vez hizo. No me duele aceptarlo, bueno, quizás un poco sí, pero en el fondo.

Cuándo te fuiste, te fuiste en busca de algo. De algo que yo no te daba y que te hacía sentir en falta de. Hoy, no sé ni cuántos meses después, te puedo decir que realmente espero que sea lo que sea lo encuentres. Que espero que todo lo que has deseado  para tu vidase cumpla y que aún sea mejor que en tus expectativas y que haya mucho más  y mejor. Que seas feliz dónde quiera que estés y que quiero que sepas también que nada cambiará eso. Que deseo que lo encuentres.


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