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lunes, 19 de diciembre de 2011

Daniel.


Daniel apareció en mi vida una fría noche de noviembre madrileña. A decir verdad, era mayor la frialdad que había en mi que el del invierno del 2011.
Dani era uno de esos chicos modosos, algo tímido diría yo y con un atractivo diferente. Se dedicó a cuidar de mí toda la noche y yo a cambio le regalé un beso, como a tantos otros. El problema fué ese, que Daniel no era uno más. No parecía la clase de chico al que le perdían las faldas, al revés, no parecía acostumbrado a llevar el tipo de vida que yo entonces sí llevaba.
Era espontáneo, claro y franco; también divertido pero sin rozar el límite de la tontería. Su vocabulario era amplio y sus conocimientos también, era un chico inteligente que nunca se cansaba de aprender cosas nuevas que posteriormente se dedicaría a transmitirme.
Algo de lo que me dí cuenta desde el principio fué que su familia eran el gran pilar de su vida, ese y su pasión por escribir junto con el sueño de algún día llegar a ser escritor.
Daniel me regalaba historias esporádicamente que me contaba por teléfono y cerrando los ojos tenía el poder de hacerme ver con total claridad todo lo que trataba de transmitirme. Tenía ángel, aunque eso ya lo supe desde la primera vez que ví sus ojos. Es cierto, no he hablado de sus ojos, esos ojos que me hicieron perderme como en el océano y que tiene repartidas islas en las que aún me paro a descansar de cuando en cuando.
Debo decir que al contrario de lo que él piensa es una persona compleja, con muchos matices y tonalidades, dando como resultado una paleta de infinitos colores que no me canso de descubrir.
Daniel me cautivó, me cautivó completamente. Era todo, podías encontrar en él lo que necesitabas en cada instante y lo que aún era mejor, él era capaz de dártelo y se sentía complacido con ello. Era una persona especial que hacia especiales al resto. No sabría deciros qué fué exactamente, tal vez fueron todas y cada una de las caricias, los besos en el pelo, los abrazos, la forma en que cantaba sin ningún tipo de reparo cuando se sentía feliz, su manera de mirar, los elogios que me regalaba de tal manera que sonaban completamente sinceros, sus bailes delante del espejo, las gracias que hacia sólo por sacarme una sonrisa, todas las veces que cocinó para mi o quizás su obsesión porque todo fuera perfecto y que esos momentos los recordase siempre. No lo sé, pero así fué cómo Dani llegó a mi vida llenándola de ilusión y de esperanza, llevándose las sombras y los miedos y haciéndome desear y luchar por una vida juntos.
Daniel no era uno más, era un regalo del destino, un soplo de aliento, todo un mundo. Todo mi mundo.